Silencio...

se convirtió en la semilla
que hizo florecer nuestro silencio...
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Estaba tremendamente asustada, las películas de terror siempre me encogían el corazón. Y ahí estaba yo, con el vello erizado y un grito contenido, tenía ante mí...¡un fantasma! Acabábamos de conocernos y ya me había informado de que tenía un Ferrari, un yate, un apartamento en la playa, un ático en el centro, dos carreras, un gran sueldo y cada noche una mujer distinta en su cama...
-¿Diga?
Sobre

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De pequeña, mi ilusión era agasajar a mi familia la mañana de Reyes con unos regalitos de mi parte. Dinero no tenía pero, me sobraban buenas intenciones, no es que me propusiera competir con los Reyes de Oriente, que sabía que eran todos unos profesionales, símplemente quería unirme a ellos con el firme propósito de regalar un poco de alegría a mi alrededor. Meses antes de la Navidad comenzaba a buscar por toda la casa objetos y los escondía dentro de una estufa catalítica, que cuando no se encendía era mi armario de los secretos. Una vez recolectado el material encautado lo envolvía en papel de periódico o en hojas de revistas atrasadas y le escribía bien clarito el nombre de la persona a la que iba dirigido. En los días de Navidad me sentía tan emocionada con mis presentes que no podía esperar hasta el 6 de enero, así que los daba con un poquito de antelación. Reunía a mis padres y hermanos, buscaba dentro de la estufa e iba haciendo entrega de mis regalos con una ilusión indescriptible. Cuando mi familia abría sus regalos entre risas y expectación, se hacía un chorreo de exclamaciones que decían: "¡Mira donde estaba el diccionario...! ¡Mira donde estaba mi bufanda...! ¡Mira donde estaba el martillo...!" Cierto es que en aquella época no me gastaba mucho dinero, pero nadie me podrá negar el esfuerzo y la ilusión que le ponía al generoso acto de regalar.